Artículo y Fotografía : Adrián Pastrana Gómez Portugal (cineasta y filósofo, @armadillofilmsmexico)
¿Para qué otra película de superhéroes? Más aún: ¿para qué otra versión de Superman?
Si formas parte del público que busca simple entretenimiento, Superman 2025, dirigida por James Gunn, tiene todo lo que Hollywood suele recetar: actuaciones cumplidoras, clichés funcionales, efectos visuales deslumbrantes y una historia predecible apenas condimentada con leves toques de novedad. Hay nuevos personajes —Mr. Terrific, Metamorfo, Hawkgirl, Supergirl—, versiones actualizadas de los clásicos —una Lois Lane más decidida, un Lex Luthor joven, ególatra y caprichoso, además de un Linterna Verde superficial y narcisista—, y por supuesto, una dosis generosa del imaginario científico-cuántico que marca época, retocado con, sí, aún más efectos.
Hablé con varios fans tras la proyección. Uno, entusiasta, resumió el sentir general: “El nuevo Superman cumple. Es el arquetipo de justicia que siempre ha sido, con el conflicto interno de ser un alienígena entre humanos”.
Hasta ahí, todo en orden. Pero para quienes pensamos que estas películas suelen ser una pérdida de lo más valioso —el tiempo—, hay algo que agradecerle a Gunn: la trama, con discreción y sin estridencias, roza temas contemporáneos y delicados, como el genocidio en Gaza, la narrativa fundacional de Estados Unidos, e incluso la posibilidad de imaginar un mito alternativo que cuestione su tradición heroico-colonizadora.
El metarrelato es claro: la película arranca con Superman interviniendo en un conflicto armado —una invasión disfrazada de “operación militar”— para detener una masacre y salvar miles de vidas. Esta decisión desata una crisis internacional por violación de protocolos y reabre una vieja pregunta: ¿quién regula a Superman?
Este dilema ya se ha planteado antes —desde la desastrosa Superman IV: The Quest for Peace (1987) hasta la más reciente Batman v Superman (2016)—, pero aquí se lleva más lejos. A mitad de la película, Lex Luthor desencripta un mensaje oculto de los padres kryptonianos de Superman: no solo lo enviaron a la Tierra para proteger a los humanos… también lo enviaron para conquistarlos.
El conflicto toma otra dimensión. Como suele ocurrir en las narrativas comerciales, el antagonista encarna el conflicto interno del héroe. Luthor, aquí, representa de forma alarmantemente familiar la lógica colonizadora de Estados Unidos: su participación en la invasión de otro país es un calco —aunque caricaturizado— del apoyo estadounidense a Israel. La codicia, el mesianismo, la doble moral del presidente ficticio son una versión apenas velada de Netanyahu.
Ahí radica lo valioso de esta entrega: en su tímida pero significativa tentativa de reimaginar a Superman no como el enésimo salvador mesiánico, sino como una figura desobediente que rechaza el mandato de dominación heredado. En lugar de liderar al planeta como un emperador disfrazado de protector, opta por dedicarse a algo más simple y radical: preservar la vida. De toda forma de vida. En una escena simbólica, incluso salva a una ardilla.
¿Un guiño ecologista? ¿Una crítica velada al antropocentrismo? Tal vez. Pero también, y sobre todo, un respiro frente al eterno guion imperial del héroe que impone su visión del bien a sangre y fuego.
Vivimos tiempos en los que los jóvenes comienzan a dar por perdida a la humanidad. Estudios serios advierten que seremos cada vez más viejos, menos fértiles, más solitarios. Las guerras futuras y el colapso climático dibujan un horizonte sombrío. Frente a eso, el cine comercial parece esforzarse por insuflar esperanza. Y aquí lo hace a través de un gesto narrativo que, aunque pequeño, podría ser significativo: reescribir el mito fundacional estadounidense. Abandonar la idea de un pueblo elegido con derecho divino a dominar al mundo.
Si Luthor encarna lo peor del delirio estadounidense-israelí —la conquista, la mentira, el genocidio justificado—, este nuevo Superman representa una alternativa posible: un poder que decide no ejercer la fuerza, un dios que elige no serlo. Una figura que no lidera, sino que acompaña. Que protege sin imponer.
¿Alcanza? Por supuesto que no. Pero insinúa algo. Un desplazamiento mínimo, pero sugerente.
Quizá, en un futuro, veamos emerger una narrativa verdaderamente distinta. Una película de superhéroes donde el poder no se glorifique, donde el conflicto no sea la única vía narrativa, donde la paz no sea una anomalía. Aún no llega. Pero mientras tanto, en Armadillo Films México seguimos trabajando desde otras preguntas, con los pocos recursos que tenemos, pero con la convicción de que otro mito es posible. Uno en el que el poder deje de estar en manos de los violentos. Uno en el que cambiamos de juego.
P.D. Esperemos que ni un solo centavo de esta película financie el genocidio o la ocupación. Aunque ya sabemos cómo es Lex Luthor…
Adrián Pastrana Gómez Portugal
@armadillofilmsmexico