Por : Regina Vera, y Mariana Sotomayor
Cada 1 y 2 de noviembre, México celebra una de sus tradiciones más profundas y coloridas: el Día de Muertos, una festividad donde la memoria se enciende con flores, velas y arte. Más que una fecha para llorar a los que se han ido, es una danza entre la vida y la muerte, una conversación entre el pasado y el presente que, lejos de apagarse, sigue expandiendo su luz más allá del Atlántico. En España, esta celebración ha echado raíces con fuerza y emoción. Madrid se convierte durante estos días en un escenario vibrante donde la tradición mexicana dialoga con la sensibilidad española, creando un puente cultural que honra la vida a través del recuerdo. Diversas instituciones, como la Embajada de México en España, Casa de México, Casa de América, el Instituto Cultural de México, junto con espacios artísticos y gastronómicos, invitan a todos a vivir una experiencia que trasciende fronteras.
Este año, Casa de México en España presenta una ofrenda única: “Cabaret El Recuerdo”, una propuesta del diseñador y arquitecto Guillermo González que transforma el altar tradicional en un escenario de fantasía. Las protagonistas son catrinas vedettes que danzan entre terciopelos, luces y copas de tequila, evocando el espíritu del cabaret mexicano del siglo XX. Esferas de vidrio soplado iluminan el espacio con destellos festivos, mientras un tzompantli de calaveras acrílicas recuerda el poder de la memoria. En la planta superior, un altar tradicional invita al público a dejar mensajes y recuerdos. Cada elemento —flores, fotografías, comida y papel picado— forma parte de un homenaje a las almas del cabaret, demostrando que la muerte también puede ser un espectáculo de amor y color.
El altar de Casa de América, en colaboración con el Gobierno de Puebla, rinde tributo a “las Carmencitas”, símbolo entrañable de las abuelas mexicanas. Una pantalla digital proyecta fotografías enviadas por el público, entrelazando tecnología y tradición para celebrar la memoria familiar en un altar vivo y contemporáneo.

El Instituto Cultural de México en España dedica su monumental altar a los 700 años de la fundación de Tenochtitlan. Inspirado en el universo mexica, se levanta sobre varios niveles que representan el cielo, la tierra y el Mictlán. Rodeado de flores de cempasúchil y figuras ancestrales, el altar proclama que una ciudad y una cultura no mueren: florece

El color del cempasúchil inundó Las Rozas Village, donde catrinas, calacas y papel picado llenaron el espacio con alegría. Cada símbolo, desde las flores doradas que guían a las almas hasta el papel que representa el viento, convierte al centro comercial en un homenaje efervescente a la vida que continúa más allá de la muerte.

En el Instituto Cultural de México, la Embajada organizó un taller de calaveritas literarias, esas pequeñas joyas poéticas que nacieron en el siglo XIX y que hoy siguen riéndose de la muerte con picardía. Los asistentes aprendieron a escribir versos breves, cargados de humor y cariño, personalizando la muerte con nombres, manías y anécdotas. En este ejercicio, la muerte se volvió cómplice, musa y espejo, recordando que solo quien es recordado realmente sigue vivo.

El altar de Solito Taquería, creado por Señoritos Creative & Co., representa un abrazo simbólico entre México y España. De su techo cuelgan listones de colores que representan las almas; en su centro, la Virgen de Guadalupe y la Virgen de Valladolid dialogan en un gesto de unión espiritual. Este altar comunitario se construyó colectivamente con fotografías y relatos recopilados por toda España, haciendo de la memoria una obra compartida. Entre aromas de palo santo y romero, el espacio invita a sentir, recordar y agradecer.

El Día de Muertos en España no es una simple exhibición cultural. Es un acto de amor transfronterizo, una conversación entre pueblos que se reconocen en su respeto por la vida, la memoria y la belleza. Desde el arte hasta la gastronomía, desde las flores hasta la poesía, cada altar es una promesa: que mientras se recuerde, nada muere del todo.
Así, Madrid se convierte por unos días en un México que palpita al ritmo del cempasúchil. Porque la muerte, cuando se celebra con amor, no es un final: es una fiesta infinita.