Por: Valentina Maslow
Ilustración de Serafín dedicada a Olga Ramos
Dedicado a los padres de Olga María Ramos
Hoy, 3 de noviembre de 2025, se cumplen 175 años del primer chotis bailado en Madrid. Ciento setenta y cinco años de giros, de organillos, de claveles y de chulapos que, con una vuelta en un metro cuadrado, siguen diciendo con orgullo:
“Madrid me mata, pero qué bien muero bailando un chotis.”
Aquella primera vez fue en el Palacio Real, la noche del 3 de noviembre de 1850, cuando la reina Isabel II inauguró un baile que entonces llevaba otro nombre: la Polka Alemana. Lo que nadie imaginaba es que aquel ritmo venido de lejos acabaría siendo el corazón palpitante de la Villa y Corte.
Porque sí, este baile tan castizo, tan nuestro, nació lejos de los adoquines madrileños. Su historia empieza en Escocia, donde los campesinos bailaban las country dances al son de la gaita. Pasaron a Francia, donde las llamaron écossaises (escocesas), y de allí a Alemania, donde músicos como Beethoven, Schubert o Chopin compusieron versiones para piano. Los alemanes lo llamaron Schottisch —“escocés”—, y en su deambular por Europa, este ritmo viajó y viajó… hasta que en Madrid encontró su casa.
En 1850, el Schottisch se presentó en la Corte bajo el disfraz de polka. Pero lo que ocurrió después fue un milagro de esos que solo suceden en Madrid: el pueblo lo abrazó, lo transformó y lo volvió suyo. El baile se hizo más agarrado, más castizo, más chulo. El organillo sustituyó al piano, el mantón y la parpusa le dieron color, y nació el chotis madrileño, el de verdad, el que huele a verbena, a clavel y a vino de bota.
“Una danza escocesa… que se vuelve alemana y que, finalmente, arraiga en los Madriles… ¡Qué fuerte!”
Así lo decía en su día este servidor, y lo repito hoy con emoción. Porque no hay símbolo más entrañable de Madrid que ese par de chulapos girando despacio, mirándose con picardía, mientras el organillo toca “Madrid, Madrid, Madrid” o “El Pichi.”
Y aunque la página web del Ayuntamiento de Madrid no explique al curioso navegante qué es el chotis, una servidora se ha puesto manos a la obra —como ya hice una vez— para recordar que este baile no es solo música o movimiento: es identidad, memoria y sentimiento.
Decía el gran Fernando Navarro, traductor y estudioso, que el chotis es fruto de siglos de viaje, mezcla y transformación. Y quizás ahí reside su magia: en haber sabido recoger un pedazo de Europa y convertirlo en el latido castizo de Madrid.
Pero el viaje del chotis no terminó en los barrios madrileños. Cuando los emigrantes europeos cruzaron el Atlántico hacia Iberoamérica, llevaron consigo sus costumbres, su música y sus bailes. Entre ellos, aquel Schottisch que había hecho escala en Madrid. Y allí, en el nuevo continente, cada país lo adoptó a su manera: en México, se convirtió en parte del repertorio popular; en Brasil, derivó en el xote nordestino; y en Argentina, tomó forma de danza folclórica que aún se baila en algunas provincias. El chotis, hijo de Europa y ahijado de Madrid, se hizo así ciudadano del mundo.
Hoy, en su 175 aniversario, brindamos por aquel primer chotis bailado en Palacio, por Isabel II, por los organilleros, por los barrios que lo mantienen vivo —de Las Vistillas a Chamberí— y por todos los que, al escucharlo, sienten que Madrid les gira en el corazón.
Y para despejar dudas lingüísticas —que nunca faltan—, la acentuación depende del compás: se puede decir chótis o chotís, según cómo se cante. En el estribillo del clásico “SM el chótis”, queda bien clarito:
¡Que no pué ser!
¡Que no pué ser!
bailar el chótis traducido del inglés,
mistificao, desgalichao,
como lo bailan en la Corte del Mikao.
¡Que no pué ser!
¡Que no pué ser!
ese el baile que se baila en Batignoles,
porque el chotís se baila aquí en Madrid,
lo mismo en Las Vistillas que en Chamberí.
¡Feliz 175 aniversario, chotis madrileño!
Que sigas girando, orgulloso y castizo, al compás de este Madrid que nunca deja de bailar.